jueves, 1 de marzo de 2007

Polvo de aquellos lodos

Durante la época de guerras civiles en Centroamérica existían creencias que tenían bases reales: el peligro y el miedo de caer preso en El Salvador o en Guatemala. “En Guatemala te van a matar y no vas a aparecer nunca... Ahí no hay presos políticos”. Mientras que de El Salvador te decían: “Caer preso en El Salvador es igual a que te torturen hasta matarte o hasta que denunciés a alguien, sea o no sea guerrillero”.

Tanto en Guatemala como en El Salvador, los ejércitos tenían bajo su control a las policías y éstas actuaban más para perseguir a la oposición que a la delincuencia. El enemigo era el luchador o luchadora contra las dictaduras. Decenas de miles de muertos, desaparecidos y torturados dejó la contienda de la “seguridad nacional”. Sólo de muertos entre Guatemala y El Salvador en sus guerras civiles acumulan cerca de 350 mil personas. ¿Pero... y los traumados que están entre las víctimas y los victimarios? ¿Quién los atiende? ¿Quién sana esas heridas?

La paz ciertamente frenó aquella matanza. Han existido reformas políticas, reformas militares y reformas policiales. La oposición, la ex guerrilla, se ha incorporado al status quo: a instituciones del Estado, al Parlamento, crea partidos políticos y no se esconde para anunciar sus criterios. A nadie se le arranca la cabeza por gritarle “mentiroso” al presidente.

Pero estamos viviendo otra guerra. Una guerra sin cuarteles, sin territorios liberados, sin códigos éticos, sin jefaturas definidas. Todo ello, nuevamente, en medio de la más absoluta impunidad. Ha entrado a jugar el narcotráfico que tiene millonarios recursos capaz de corromper al que tiene una ética tambaleante.

En Guatemala fueron asesinados tres diputados salvadoreños y el colaborador de éstos, el 19 de febrero pasado. Los legisladores eran miembros del partido de gobierno, la derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA). Fueron apresados en Ciudad Guatemala en un operativo policial, a plena luz; se les llevó a un lugar donde fueron torturados salvajemente y al final, sacados de la “cárcel clandestina”; conducidos a un lugar solitario, asesinados a balazos y sus cuerpos quemados con gasolina.

Los victimarios, un grupo de élites de la policía usó exactamente el “modus operandi” que usaron los “escuadrones de la muerte” que actuaron en el pasado; sólo que en esta ocasión no habían “motivaciones políticas”, sino que “buscaban un botín de cinco millones de dólares o su equivalente en drogas”, según dicen las investigaciones. Se habla también de un “crimen por encargo” o “por venganzas”.

En 1990, con la excepción de que sus cuerpos no fueron incinerados, lo mismo le ocurrió a los dirigentes socialdemócratas, el salvadoreño Héctor Oquelí Colindres y la guatemalteca Gilda Flores; fueron apresados por policías guatemaltecos a plana luz del día y en la ciudad de Guatemala; torturados y posteriormente encontrados sus cuerpos en una carretera que conduce a El Salvador. Este atroz crimen permanece en la impunidad 17 años después de ocurrido.

Los que “encargaron” el asesinato de Oquelí Colibres y de Gilda Flores fueron “escuadrones de la muerte” de El Salvador. Ahora, al parecer, los que “encargaron” la muerte de los diputados salvadoreños, fueron “mafias” impunes que operan a ambos lados de la frontera salvadoreña-guatemalteca. Éstas agrupaciones tienen tanto poder que ya mataron –dentro de las cárceles y en un operativo comando increíble- a cuatro de los ejecutores de los diputados. Hoy medio mundo anda con la vigilancia redoblada.

EPILOGO

Los centroamericanos que sufrimos la guerra no hemos podido asimilar plenamente la realidad que nos indica a todas luces que el hilo histórico, los vasos comunicantes, que unen la presente impunidad y violencia, está asociada en gran medida a la violencia impune del pasado. No se procesaron ni desmantelaron a los “escuadrones de la muerte” y éstos ahora se multiplican y actúan, uniéndose a una violencia social generada por pandillas criminales, redes extorsionistas, sicariato y homicidio intrafamiliar.

Lo ocurrido en Guatemala, pese a que el director de la policía salvadoreña diga que “no se quiere abrir la caja de Pandora”, creo que esa caja nos estalló a todos en pleno rostro. La derecha política y económica ha sido herida profundamente por la muerte de sus representantes, pero no ha podido acusar a su adversario tradicional del hecho. Son como dice el refrán: “Polvos de aquellos lodos”. La madeja se ha complejizado y habrá necesidad de mucha valentía y voluntad política. La pregunta es a gritos: ¿¡Es hora o no de actuar contra la impunidad y dar justicia pareja a todas las víctimas!?

Autor: Juan José Dalton
Fecha: 1 de marzo de 2007

jueves, 22 de febrero de 2007

La vita é fea

Hace unos años vi la película italiana “La vita é bella” (1997), interpretada y dirigida genial y magistralmente por Roberto Benigni. Narra la captura y posterior estancia en un campo de concentración nazi, de un padre y un hijo judíos. Lo cierto que el padre “fabrica” para su hijo toda una fantasía para que el niño no se de cuenta de la terrible realidad que están viviendo.

Al final de la película el padre es fusilado, pero aún así, en su marcha hacia la muerte, por delante del verdugo, el padre fantasea y le advierte a su hijo que se quede escondido hasta que llegue un tanque que será el “premio” para el ganador de un juego que entre ellos habían ideado. La obra trata de enviar un mensaje de esperanza en medio de la catástrofe.

En la vida real tratamos de sobreponernos a la barbarie que los mismos humanos construimos y reconstruimos. ¿Quién no recuerda a Mercedes Sosa cantando aquello de “¿Quién dijo que todo está perdido?/ Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

En febrero de 2001, mi hijo menor, “El Jey”, vino al mundo con menos de siete meses de gestación; se vino adelantado en medio de los terremotos, que dejaron hogares, almas y vidas resquebrajadas. Pero él sobrevivió... Hoy es un niño feliz e inquieto que juega con sus carros “a las trabazones” y me pregunta “quiénes matan a los que salen en los diarios y en la tele”. Un nudo en la garganta me impide dar respuestas urgentes.

El Salvador está conmovido, conmocionado y estremecido por el reciente asesinato, en Guatemala, de tres diputados: Eduardo D´Aubuisson, Willian Pichinte y Ramón González, así como el chofer que les acompañaba, Gerardo Ramírez.

¿Será una acción del crimen organizado, “maras”, mafias policiales o venganzas políticas? Tenemos que ser pacientes y exigir investigaciones profundas, que lleguen a los todos los ejecutores y a los que ordenaron el crimen repudiable desde todo punto de vista. Pero ello debería ser la norma para todo homicidio o acto criminal.

En El Salvador y en Guatemala son asesinadas más de 20 personas diariamente; la mayoría de tales crímenes quedan en la impunidad. Esos hechos violentos cometidos bajo cualquier “móvil”, que puede ser hasta por una mala mirada, son el “pan nuestro de cada día". La impunidad se campea a sus anchas y su “fantasma” recorre nuestros cielos.

Así la vita é fea... Poco a poco tenemos menos fantasías y respuestas a las interrogantes ya no tan ingenuas de nuestros hijos e hijas.

Autor: Juan José Dalton
Fecha: 22 de febrero de 2007

lunes, 12 de febrero de 2007

Debate Postergado: Caso Dalton

“¿Verdad que vos escribiste esas babosadas de los tales Poemas Clandestinos, y los mandaste a repartir para que todo el mundo supiera que eran tuyos y que estabas en la guerrilla? ¡No lo negués, pendejo! ¡Ah y no sólo eso, te tenemos una listita de mierdas tuyas que ya vas a ver cabrón!”, dijo uno de los jóvenes que lo interrogaban, al tiempo que le pegaba una patada. (Fragmento de “Memorias de un guerrillero”, libro de testimonio escrito por el ex comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), “Balta”, Juan Ramón Medrano.

El interrogatorio ocurrió en una casa clandestina de San Salvador antes del fatídico 10 de mayo de 1975; entre los “fiscales” estaba Edgar Alejandro Rivas Mira –Jefe entonces del ERP-; su segundo al mando, Joaquín Villalobos (actualmente residente en Inglaterra), y Jorge Meléndez (actual concejal de la Alcaldía de San Salvador, gobernada por el FMLN). El “sentado en el banquillo” era el poeta revolucionario Roque Dalton, a quien finalmente los tres “fiscales, jueces y verdugos a la vez” -junto a otros tres que ya fallecieron- terminaron asesinando.

El libro-testimonio de “Balta” comienza con el crimen contra Dalton; es una fuente inagotable de pruebas de las arbitrariedades cometidas, en el caso referido y muchos otros más. Pero el crimen contra Dalton se mantuvo y se mantiene en la impunidad, especialmente porque la misma izquierda local se ha negado a debatir y sanar semejante herida, no sólo con la familia, sino con toda la sociedad y con la intelectualidad. Y no es que todo el liderazgo del FMLN esté involucrado en el hecho concreto, pero si en su silencio cómplice.

De acuerdo a lo investigado, Dalton fue acusado por la dirección del ERP de ser “agente de la CIA”, agente “cubano”, “revisionista”, “indisciplinado, bolo y pequeño-burgués”, pero también por ser “poeta”. Además, se confirma que antes de ser asesinado, fue sometido a torturas y vejámenes, lo cual coloca el crimen en una particular dimensión de violaciones a los Derechos Humanos: delito de lesa humanidad, lo cual debería ser materia de oficio de las instituciones de justicia y de las organizaciones de derechos humanos salvadoreñas y latinoamericanas. La mancha de gente de izquierda asesinado y torturando no debe quedar sin justicia.

Pero bien, retomemos el hecho de que Dalton fue acusado por “escribir poesía”; es decir, que un acto de creación artística fue catalogado por una dirección revolucionaria como un acto “subversivo y de traición” y que merecía la muerte. Estas y otras manifestaciones de extremismo, del pasado y del presente, continúan repitiéndose, precisamente porque el pasado no ha sido juzgado. Con suma facilidad la disidencia es acusada de “traidora” y los intelectuales siguen siendo “no confiables y desafectos”.

Recuerdo que en una ocasión la comandante Ana María –Mélida Anaya Montes-, me contaba meses antes de su atroz asesinato en Managua (a causa de disputas ideológicas), que al inicio de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) se había vivido una etapa de “enconchamiento” contra los sectores intelectuales debido a la desconfianza que se les tenía para incorporarlos a la lucha revolucionaria. Era parte de una visión extrema de “obrerismo”.

La desconfianza contra los artistas y la intelectualidad se ha mantenido; la “revolución salvadoreña” ha continuado despreciando al sector artístico-intelectual, y en el mejor de los casos continúa manteniendo una práctica “utilitario-oportunista”. Hay quienes afirmamos que los políticos sólo se acuerdan de los intelectuales en épocas electorales. No es por gusto que el FMLN tiene entre sus miembros a muy pocos o quizás a ni uno de los destacados intelectuales nacionales. La causa de ello está en el autoritarismo y en el miedo infundido por “depuraciones” como en el caso de Dalton, de Mélida Anaya Montes y los más de 800 militantes que fueron ejecutados por “Mayo Sibrián”, de la dirección de las FPL, en San Vicente. Todavía todos estos casos están en la absoluta impunidad.

Como se puede apreciar, en mi anterior comentario de este blog, si en Cuba hubo un Quincenio o un Decenio Gris; en la vecina Nicaragua también: los más destacados intelectuales sandinistas: Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, Gioconda Belli y Carlos Mejía Godoy, entre otros, quedaron fuera del FSLN, precisamente por ser críticos a líneas oficiales y autoritarias. Cuba parece haber comenzado un proceso de rectificación; Nicaragua, ahora en manos del FSLN, tiene que reivindicarse y restablecer lazos que son sanguíneos. Ello abonará la legitimidad de los procesos sociales del Nuestra América.

Mientras, en El Salvador, no sólo el FMLN, sino toda la izquierda, tiene también la oportunidad de sanar esas cicatrices funestas que constituyeron los vejámenes, el asesinato, los intentos de desprestigio y de ocultamiento que aún victimiza al más destacado de los intelectuales revolucionarios salvadoreños desde hace 35 años. Comencemos por reconocer que contra Dalton hubo un crimen injusto, de lesa humanidad; otorguemos a su figura y memoria una reparación moral; retomemos su pensamiento político como parte del programa democrático transformador y enterremos las arbitrariedades y desconfianzas contra el sector intelectual. Abramos el debate...

Autor: Juan José Dalton
Fecha: 12 de febrero de 2007