Desde hace algunos días están llegando a mi buzón electrónico un sinnúmero de mensajes y publicaciones que contienen los pormenores de un debate político-cultural que se está desarrollando en Cuba, especialmente en el seno del sector artístico. Es un debate intelectual, que considero trascendental para el futuro de Cuba.
El debate se centra en el análisis de lo que fue el llamado “Quinquenio Gris”, aunque hay quienes creen que debería ser “Década Negra” u otro período tenebroso. Pero bien, se está tratando de auscultar un momento amargo para la intelectualidad cubana, en el que dominó el esquematismo, el autoritarismo, la homofobia y otra deplorable acción: el “parametrismo”, que no parece estar en los diccionarios, pero que consistía en “parametrar” –hacer parámetros- a una persona para lograr identificar si era o no confiable, afecta o desafecta a la Revolución. En ese rollo mucho se actuó con verdadera injusticia.
Después de una larga ausencia de los temas cubanos, el momento actual y las expresiones en el seno del debate, me llevaron a recordar aquella etapa tan triste para muchos intelectuales de izquierda que nos dimos cuenta que muchas de las denuncias que se hacían de la URSS no era “propaganda diversionista del imperialismo”, sino verdades concretas, como aquellas en la que la disidencia era encerrada en hospitales psiquiátricos para domesticarla a puros “electroshock”.
El llamado “Quinquenio Gris” fue una etapa candente de la Revolución cubana; estuvimos inmersos indirectamente porque en 1967, a finales, fue cuando llegamos a Cuba procedentes de Checoslovaquia; cuando allá se gestaba la invasión soviética y veíamos a los hippies reunirse en la Plaza de Wenselao. Cuba entonces era la Revolución que se enfrentaba a los yanquis en medio de un carnaval de fusiles, de conga y de rumba. Fuimos matriculados en una escuela que se llamaba “Nguyen Van Troi”, en honor al guerrillero que atentó fallidamente contra el Secretario de Estado, Robert McNamara. “¡¡¡Que los cubanos ni se rinden ni venden, Malembe, Ay Malembe!!!” “¡¡¡Nguyen Van Troi ni se rinde ni se vende, Malembe, Ay Malembe!!!”
Pero la Revolución inició pronto una etapa de radicalización y de institucionalización; o de burocratización. Se apegó a la URSS y al Campo Socialista. De salir a gritar con tumbadora en mano: “Nikita, Nikita, lo que se da no se quita” –referido al arsenal atómico que provocó la Crisis de Octubre- se pasó a que los soldados gritaran: “Hurra”, al paso revista de las tropas en la plaza de la Revolución. A Martí lo comenzaron a escoltar Carlos Marx y Vladimir Ilich Lenin. Los manuales de Konstantinov y de Spirkin era el desayuno, almuerzo y cena. En medio de todo aquello, se crearon granjas agrícolas para tratar de convertir a los desafectos y para enderezar a “maricones”.
Los intelectuales tenían que ir a cortar caña y a otras actividades para “proletarizarse”. Una vez una maestra me preguntó: “Oye, a qué se dedica tu padre?”. Yo le contesté con cierta vergüenza: “Es poeta...”. “¡¿Poeta!? ¿¡No me digas!? ¡¡Pues mira, dile que en este país, lo que hay que hacer es cortar mucha caña!!
Creo que aquel fue un período nefasto. Tengo unas amigas que recuerdan que la Unión de Jóvenes Comunista (UJC), de su escuela secundaria, quería sancionarlas porque en un mural habían transcrito el poema de mi padre que se llama: Sobre Dolores de Cabeza. Todo porque los dirigentes no aceptaban el verso final que dice: El comunismo será, entre otras cosas/ una aspirina del tamaño del sol. Creían que era un sacrilegio comparar al comunismo con un analgésico, pero no eran capaces de ver la poesía.
Pero en fin..., cuánto me alegro por la capacidad de la intelectualidad cubana de revisar su pasado reciente, para no permitir que se repita. También, ojalá, para que puedan diseñar nuevos desafíos y debates esenciales referentes a la libertad, al papel del arte, al derecho a disentir; la necesidad cada vez más grande que tiene Cuba de abrirse e incorporarse a Latinoamérica que está en constantes evoluciones y cambios; fenómenos que nunca más podrán explicarse con los ABC del Comunismo.
Es aleccionador y oportuno este debate, sobre todo porque el que sigue siendo el Apóstol de la Revolución Cubana, José Martí, sentenció aquella idea que se dice en una frase: “Ser culto para ser libre”... La idea es que deje de ser frase y recobre cada vez más su sentido de acción.
Autor: Juan José Dalton
Fecha: 5 de febrero de 2007
Información, opinión y análisis / Arte y Cultura / Crítica e Imaginación - El Salvador, Centroamérica
lunes, 5 de febrero de 2007
lunes, 29 de enero de 2007
Uno quisiera...
Uno quisiera levantarse una mañana y ver en la primera plana de un diario, por ejemplo, que ha terminado la guerra en Irak; que los palestinos y los israelíes se han puesto de acuerdo; que las grandes potencias al fin tomaron decisiones estratégicas para reducir el calentamiento global; que los porcentajes de pobreza en Latinoamérica han comenzado a decrecer aceleradamente; que la criminalidad en El Salvador ya no es factor de gravedad y que las migraciones son cada vez menores.
Uno quisiera eso, quizás, la mayoría de gente, pero hasta el momento sólo se trata de ilusiones pendejas o bromas macabras para un “Día de los Inocentes”.
Uno quisiera hasta conformarse con lo mínimo: salir a la calle sin que lo embarguen angustias y miedo; dejar a tus hijos en sus colegios sin pensar que pueden ser secuestrados, asesinados o maltratados.
Uno quisiera creer que todo puede cambiar para bien: que tu vecino te dará la mano o te brindará una sonrisa; que tu jefe será comprensivo y que tu empleado no será el que te meterá la puñalada en la espalda. Uno quisiera confiar nuevamente.
Uno quisiera tantas pocas cosas que juntas son imposibles. Es el déficit inmenso del bienestar, de la tolerancia y del bien tino de los gobernantes.
Me asombro cómo algunos personajes oficiales creer que leyendo biblias en las escuelas será la fórmula mágica que derrotará el mal. Vieron muchas películas de vampiros, de aquellas en que con señales de cruces y ajos a la vista eran suficientes para que los demonios cayeran hechos cenizas.
Estamos en una situación difícil a nivel mundial. La guerra en Irak no encuentra salida en su laberinto de múltiples errores y horrores. En el reciente discurso del presidente George W. Bush sobre el estado de la Unión, repartió ofensas a los iraquíes de manera parejo: acusó a suníes y chiítas como terroristas y “escuadrones de la muerte. Lo paradójico es que dijo enemigos a quienes ha impuesto por la fuerza.
Quizás la lógica conduce a Estados Unidos a reconocer que Sadam Husein hubiese sido su mejor aliado en un plan para “democratizar” el Medio Oriente. Pero ahora tal región es un hervidero de avispas muy embravecidas.
A nivel interno uno sigue encontrando más de lo mismo: el homicidio y la extorsión son los actos que hoy simbolizan a nuestro país, que como dijo Roque Dalton, tiene nombre de hospital o de remolcador. Actualizando la irreverencia y citando una de sus “bombas” o refranes del poemario “Las Historias Prohibidas de Pulgarcito”: “Aliviado está el enfermo, que ya se caga en la cama”.
Autor: Juan José Dalton
Fecha: 29 de enero de 2007
Uno quisiera eso, quizás, la mayoría de gente, pero hasta el momento sólo se trata de ilusiones pendejas o bromas macabras para un “Día de los Inocentes”.
Uno quisiera hasta conformarse con lo mínimo: salir a la calle sin que lo embarguen angustias y miedo; dejar a tus hijos en sus colegios sin pensar que pueden ser secuestrados, asesinados o maltratados.
Uno quisiera creer que todo puede cambiar para bien: que tu vecino te dará la mano o te brindará una sonrisa; que tu jefe será comprensivo y que tu empleado no será el que te meterá la puñalada en la espalda. Uno quisiera confiar nuevamente.
Uno quisiera tantas pocas cosas que juntas son imposibles. Es el déficit inmenso del bienestar, de la tolerancia y del bien tino de los gobernantes.
Me asombro cómo algunos personajes oficiales creer que leyendo biblias en las escuelas será la fórmula mágica que derrotará el mal. Vieron muchas películas de vampiros, de aquellas en que con señales de cruces y ajos a la vista eran suficientes para que los demonios cayeran hechos cenizas.
Estamos en una situación difícil a nivel mundial. La guerra en Irak no encuentra salida en su laberinto de múltiples errores y horrores. En el reciente discurso del presidente George W. Bush sobre el estado de la Unión, repartió ofensas a los iraquíes de manera parejo: acusó a suníes y chiítas como terroristas y “escuadrones de la muerte. Lo paradójico es que dijo enemigos a quienes ha impuesto por la fuerza.
Quizás la lógica conduce a Estados Unidos a reconocer que Sadam Husein hubiese sido su mejor aliado en un plan para “democratizar” el Medio Oriente. Pero ahora tal región es un hervidero de avispas muy embravecidas.
A nivel interno uno sigue encontrando más de lo mismo: el homicidio y la extorsión son los actos que hoy simbolizan a nuestro país, que como dijo Roque Dalton, tiene nombre de hospital o de remolcador. Actualizando la irreverencia y citando una de sus “bombas” o refranes del poemario “Las Historias Prohibidas de Pulgarcito”: “Aliviado está el enfermo, que ya se caga en la cama”.
Autor: Juan José Dalton
Fecha: 29 de enero de 2007
martes, 23 de enero de 2007
La chapiollada
“Chapiollada” viene del término “chapiollo”, que en sus variadas acepciones sirve para expresar algo ridículo. En ciertos diccionarios, como Babilón de internet, aparece como un nicaragüismo que quiere decir: ganado rústico, de la raza local, que no ha sido cruzado con las razas importadas. Es una palabra peyorativa. En salvadoreño decirle a alguien “chapiollo” sería algo parecido o igual a decirle “bajado”, que también es una palabra peyorativa para calificar a un provinciano, recién llegado a la ciudad, según “La Lengua Salvadoreña” de Pedro Geoffroy Rivas.
A pues, el caso es que esta es la historia de una “chapiollada”. Antes de la Ofensiva Al Tope, hubo una reunión, quizás de las primeras que celebró la guerrilla del FMLN con el gobierno de Alfredo Cristiani. La reunión tuvo lugar en el Convento de las Hermanas Clarisas, en las afueras de San José, Costa Rica; si la memoria no me falla, en septiembre de 1989.
Por la delegación del FMLN había acudido, si mal no recuerdo, Schafik Handal, Joaquín Villalobos, Antonio Cardenal, Salvador Samayoa, Roberto Cañas, Ana Guadalupe Martínez, Mercedes Latona, entre otros. No recuerdo muy bien, pero creo que también estuvo Mario López. Por parte del gobierno, creo recordar a David Escobar Galindo, al general Mauricio “El Chato” Vargas y al coronel Dionisio Machuca. Tanto es así que había un chiste que decía: Vargas la tiene chata (la nariz) porque Dionisio se la machuca”.
Carlos Ramírez, Salvador Lemus y yo, fuimos a cubrir el evento trascendental e histórico, como periodistas. Teníamos que filmar en video, grabar y transmitir información para los medios que en aquel entonces tenían relación con la guerrilla. Además teníamos enlaces con radios locales de México, Nicaragua, Honduras y El Salvador, a los que servíamos con los pormenores del encuentro.
Bueno, el caso es que a la llegada al convento, las monjas tenían un recibimiento o cena especial para los delegados. Era de noche y el hambre apretaba, después de un largo y apresurado viaje desde la infernal Managua.
Entramos todos a un salón donde una inmensa mesa estaba cubierta con un mantel blanco. Los cubiertos estaban servidos y encima de ellos un mantel fino como servilleta. La mesa grande era para los delegados de la insurgencia; se acomodó otra para los periodistas y personal asistente.
De pronto una de las monjitas entró con una vasija grande y honda y la puso al centro de la mesa grande. Estaba tapada, si mal no recuerdo era de plata. Alguien de los delegados del FMLN, la mayoría curtidos en andar de arriba para abajo en el mundo de la diplomacia y del protocolo, abrió aquella vasija y dentro encontró trocitos de fruta seca. Algunos la probaron y les pareció delicioso. “¡Mmmm, que delicioso está esto!”, se escuchaba decir.
“¡Este pedacito está un poco amargo, pero está delicioso!”, decía otro de los grandes personajes de la delegación negociadora. Así la cuestión, se terminaron el contendido de la vasija.
De pronto, entran las monjas con otras bandejas para servir la cena y una llevaba una jarra que despedía un rico olor a bebida. “¡¡¿¿Y los trocitos que estaban aquí??!!”, preguntó la monja sorprendida. “Ya nos los comimos”, dijo una voz con algo de ahuevamiento. Ella movía la cabeza tratando de comprender y finalmente explicó: “Esos trocitos son los que le dan un sabor especial al ponche que les teníamos preparado”.
¡Qué cagada! ¿No? Fue una gran “chapiollada”... Pero al fin y al cabo, la paz y la guerra, fue eso mismo, llena de trampas y aciertos, de errores y victorias. Nunca hubo líneas rectas. Aquella reunión terminó evidentemente en un fracaso porque pronto vino la ofensiva de noviembre de 1989, la denominada “Al Tope”... donde realmente topó la guerra.
Autor: Juan José Dalton
Fecha: 23 de enero de 2007
A pues, el caso es que esta es la historia de una “chapiollada”. Antes de la Ofensiva Al Tope, hubo una reunión, quizás de las primeras que celebró la guerrilla del FMLN con el gobierno de Alfredo Cristiani. La reunión tuvo lugar en el Convento de las Hermanas Clarisas, en las afueras de San José, Costa Rica; si la memoria no me falla, en septiembre de 1989.
Por la delegación del FMLN había acudido, si mal no recuerdo, Schafik Handal, Joaquín Villalobos, Antonio Cardenal, Salvador Samayoa, Roberto Cañas, Ana Guadalupe Martínez, Mercedes Latona, entre otros. No recuerdo muy bien, pero creo que también estuvo Mario López. Por parte del gobierno, creo recordar a David Escobar Galindo, al general Mauricio “El Chato” Vargas y al coronel Dionisio Machuca. Tanto es así que había un chiste que decía: Vargas la tiene chata (la nariz) porque Dionisio se la machuca”.
Carlos Ramírez, Salvador Lemus y yo, fuimos a cubrir el evento trascendental e histórico, como periodistas. Teníamos que filmar en video, grabar y transmitir información para los medios que en aquel entonces tenían relación con la guerrilla. Además teníamos enlaces con radios locales de México, Nicaragua, Honduras y El Salvador, a los que servíamos con los pormenores del encuentro.
Bueno, el caso es que a la llegada al convento, las monjas tenían un recibimiento o cena especial para los delegados. Era de noche y el hambre apretaba, después de un largo y apresurado viaje desde la infernal Managua.
Entramos todos a un salón donde una inmensa mesa estaba cubierta con un mantel blanco. Los cubiertos estaban servidos y encima de ellos un mantel fino como servilleta. La mesa grande era para los delegados de la insurgencia; se acomodó otra para los periodistas y personal asistente.
De pronto una de las monjitas entró con una vasija grande y honda y la puso al centro de la mesa grande. Estaba tapada, si mal no recuerdo era de plata. Alguien de los delegados del FMLN, la mayoría curtidos en andar de arriba para abajo en el mundo de la diplomacia y del protocolo, abrió aquella vasija y dentro encontró trocitos de fruta seca. Algunos la probaron y les pareció delicioso. “¡Mmmm, que delicioso está esto!”, se escuchaba decir.
“¡Este pedacito está un poco amargo, pero está delicioso!”, decía otro de los grandes personajes de la delegación negociadora. Así la cuestión, se terminaron el contendido de la vasija.
De pronto, entran las monjas con otras bandejas para servir la cena y una llevaba una jarra que despedía un rico olor a bebida. “¡¡¿¿Y los trocitos que estaban aquí??!!”, preguntó la monja sorprendida. “Ya nos los comimos”, dijo una voz con algo de ahuevamiento. Ella movía la cabeza tratando de comprender y finalmente explicó: “Esos trocitos son los que le dan un sabor especial al ponche que les teníamos preparado”.
¡Qué cagada! ¿No? Fue una gran “chapiollada”... Pero al fin y al cabo, la paz y la guerra, fue eso mismo, llena de trampas y aciertos, de errores y victorias. Nunca hubo líneas rectas. Aquella reunión terminó evidentemente en un fracaso porque pronto vino la ofensiva de noviembre de 1989, la denominada “Al Tope”... donde realmente topó la guerra.
Autor: Juan José Dalton
Fecha: 23 de enero de 2007
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